Mediocridad o Excelencia

A pesar de sus dificultades y momentos tensos, estoy persuadido de que la vida es una oportunidad muy especial para aprender, evolucionar y trascender. Cada día nos ofrece numerosas posibilidades con las que podemos hacer mucho, poco o nada, dependiendo de nuestro nivel de consciencia. Bien podemos dirigirnos hacia lo más alto, en busca de ideales trascendentales, o quedarnos esperando a que otros decidan lo que nos conviene, lo que debemos hacer y hasta dónde podemos llegar.

Tenemos en realidad tres caminos: El primero es un camino orientado a la calidad y a la excelencia. Es el que toman los transformadores, los visionarios, esos personajes que vemos como idealistas, dedicados a hurgar en la existencia hasta encontrar el oro que hay en cada cosa.

El segundo camino es el de la rendición, el que toman los que renunciaron a la vida, los que apenas sobreviven, en parte por la desgracia que han tenido de nacer y vivir en ambientes deprimentes con pocas opciones y apoyo inexistente de gobiernos marginales, ciegos e innobles. También, porque desconocen sus capacidades y oportunidades, lo cual los condena a vivir al ras del suelo. Aquí también se incluyen los desadaptados que no lograron adaptarse a la sociedad y quedaron desencajados, desarticulados, como piezas flotantes ajenas a los acuerdos grupales.

El tercer camino es el camino de la persona mediocre. Se trata de gente que pudiendo hacerlo, ha renunciado a usar su potencial y sus recursos; Seres que se rindieron y aceptaron transar su poder a cambio de un poco de comodidad sin felicidad duradera; es la masa a la que José Ingenieros se encargó de radiografiar en su libro “El hombre mediocre”.

Tener una personalidad mediocre significa, interpretando a Ingenieros: Vivir en la parte mediana de la escala; conformarse con lo que no posee calidad; quedarse, esperar, imitar, acomodarse a las apariencias, anular la iniciativa, parecerse a los demás. Tener, más que voz, eco y repetir sin pensar o cuestionar, las rutinas y prejuicios que aprendió. La persona mediocre no lucha por sus sueños e ideales ni cree en la perfección; se burla de lo bello y lo romántico, experimenta con frecuencia sentimientos bajos como la envidia, es típicamente apática, vulgar y vive mentalmente en el pasado.

Para superar o vencer la personalidad mediocre, para volar más alto junto a las águilas, en un espacio donde los resultados y premios son mayores y de mejor calidad, hay mucho que hacer y apenas pocos pueden hacerlo.

Es necesario revisar lo que hemos aprendido y restaurar la confianza en nosotros mismos. Creer que es posible ascender, superar, vencer, ganar. Recontactar con nuestro amor propio y con nuestro autorespeto. En ocasiones es necesario cambiar de ambientes y de relaciones, pues inevitablemente nos convertimos en aquello que vemos y oímos diariamente.

La personalidad excelente, escalón superior de la personalidad mediocre, se alcanza retando el miedo, la costumbre, la flojera y el facilismo, para dejar entrar a la creatividad, el riesgo, la determinación, la voluntad y la fe. El reto es buscar hasta encontrar lo mejor que tenemos y hacer con eso lo mejor que podemos. La motivación, debemos buscarla en los premios que obtendremos con los cambios. Conviene preguntarnos por qué abandonar lo mediocre, si la respuesta es clara y poderosa, podrás saltar a un nuevo lugar en tu existencia, distinguirte de los demás y encontrar tu destino particular, dejando de lado la rutina, la costumbre, lo mismo de siempre.

Hay que levantar la mirada para ser auténticos, decidir crecer y abandonar el círculo de los perdedores y de los envidiosos, para ingresar al escenario brillante de quienes han pagado el precio.

No tengo duda alguna acerca de que la mediocridad puede enfrentarse y vencerse para siempre. Es posible y todos tenemos formas de hacerlo. No estamos condenados a ser siempre de una misma forma si no estamos contentos con ello. No tenemos por qué repetir el hábito y el lenguaje de otros. Poseemos el derecho a ser únicos sin dejar de vivir con los demás. Cuanto antes comencemos, antes llegaremos. Es la hora de soñar y lograr, pero antes, debemos sacar las manos de los bolsillos, borrarnos de la cara la sonrisa falsa y dedicarnos a crear un nuevo destino.

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