Cenizas

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Cenizas

Aspiraba profundamente ese único e inconfundible pestilente olor a muerte, han pasado ya muchos años de mi liberación; Auschwitz se quedó grabado a fuego no solamente en un número en mi piel, se quedó para siempre esa condena en mi alma. La vitrina que exhibe el cabello de tantos hermanos míos para tejer tela y abrigar a los jinetes de la muerte; el rótulo de aquella valija cargada en aquel entonces del sueño de la esperanza que nos daría un futuro mejor. La bienvenida: “El trabajo te hará libre”, un engaño más para iniciar la pesadilla que consumió a millones de seres, cuyo pecado era tan simple como creer en un Dios diferente; dos mil años de rencor, odio que germinó en el corazón de los seres humanos, para el mal siempre hay guías para descargar nuestra ceguera. Sentí que el presente atravesaba mi alma cuando me enfrenté a miles y miles de pequeñísimos zapatos de niñas y niños que fueron arrancados bestialmente de tu creación. ¿Quiénes hubieran llegado a ser? Tú mismo lo ignorabas, si no jamás lo hubieras permitido, eres incomprensible.

Apagar la sonrisa de un niño es matar a Dios, ¿cómo esperar un mañana cuando asesinamos el presente? Mi ser se inundó de soledad, ¿dónde estabas?, ¿cómo lo permitiste?, ¿o acaso gozabas contemplar cómo se extinguía la obra magistral de tu creación?

¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿Cómo puedes olvidar que tú nos concediste el don de existir? Estás más allá de mi comprensión. Mi fe la perdí en el campo de exterminio donde el odio acumulado por siglos se citó para exterminar a quienes nos sentíamos elegidos como tu pueblo; sorpresa, no éramos nosotros, ni los polacos, ni los gitanos, era todo aquel que no corriera por sus venas la pureza de raza que un desquiciado hizo aflorar, un odio que durante siglos fermentó envenenando el espíritu del ser humano.

Cenizas, olvido, tortura se reunieron en esa suma que fue mi estadía en un lugar perdido en Europa. Creí que para siempre quedaría como lección que nunca volveríamos a repetir; me desperté de mi fantasía una día de septiembre en Nueva York, una vez más el fanatismo asesinaba sin tregua, sí, una vez más destruía a inocentes como resultado del odio y sed de venganza, a través de jóvenes que de niños fueron envenenados por adultos insaciables de crueldad. Y una vez más te pregunto: ¿cuándo terminaremos de matarnos?

Con esperanza de encontrarte, fui a buscarte a la tierra prometida; cuál fue mi sorpresa que, antes tú pueblo elegido que fue casi exterminado, ahora aplicaba su rencor.

Sí, tu pueblo ayer víctima, hoy verdugo de un pueblo que sin razón alguna ha sido despojado de lo que por herencia había recibido, hacinado en un gueto de odio y rencor. Ante mi asombro contemplo al mundo en su frenética carrera para autodestruirse.

¿De verdad existes? ¿Por qué tu esencia no se hace presente para acabar de un solo pincelazo la aberración de tu creación? ¿Es el sufrimiento nuestro destino? Explícame, ¿para que nos creaste?, ¿acaso encuentras alegría en nuestro dolor?, ¿por qué la historia absurda se vuelve a repetir?, ¿un dolor sin fronteras es nuestro porvenir?

Todo lo acontecido en la historia sin final de la humanidad, se reunieron en mi alma las cenizas de millones y millones de seres inocentes; exigí un milagro, una luz de esperanza, un por qué vivir, finalmente una razón para creer en ti.

El viento refrescó mi rostro, una mariposa se posó en mi hombro, el cantar de un gorrión, la mirada inocente de un niño, el grito de alegría de una niña, el suspiro de quienes aman, la calidez de mi mujer; entonces comprendí tu misterio, el más profundo que me explica lo inexplicable, la luz de mi oscuridad, la esencia de tu creación, tu gran misterio. Sintetizada en un solo valor, en una sola palabra: ¡libertad!

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