La Vida Matemática

La Vida Matemática

La Vida Matemática. Hace poco me puse curioso con la matemática de la vida. Me proyecté en 90 años de vida y noté que sólo serían 4.680 semanas. Esas 4.680 semanas se transforman en 32.760 días, es decir, 4.680 Lunes… 4.680 Martes… 4.680 Miércoles… 4.680 Jueves… 4.680 Viernes… 4.680 Sábados… 4.680 Domingos, sólo eso, quizás días más o días menos. 32.760 días por 24 horas, resultaría en una vida de 786.240 horas.

Ni siquiera con las 39 semanas de embarazo (6.552 horas) estaríamos cerca del millón de horas. Un día tiene 24 horas, de las cuales dormiríamos 8 horas por día. Ese promedio incluye las muchas de más que dormiríamos de bebé, niño y adolescente… y las de menos en trasnocho de adulto. Esto reduce el día a sólo 16 horas de vida útil, lo que proyecta a la vida en tan sólo 524.160 horas.

Mientras vivimos, el 33,33 % se nos va en dormir… ¡qué curioso! Quiero introducir un cuestionamiento al número definitivo de vida, que realmente vivimos: 524.160 horas. ¡De allí viene mi curiosidad! ¿Cómo las aprovechamos o cómo las desperdiciamos? Aprovechar o desperdiciar es una actitud, una decisión, cuestión de sabiduría. Hay mucha gente que desea sin hacer… que critica sin actuar… que proyecta sus miedos sin arriesgar… que se angustia sin trabajar… que espera sin involucrarse… y que sueña que la vida sola se va a arreglar.

Pensar de esta manera tiene algunos dividendos negativos, no sólo para el éxito de cualquier persona, sino también en la matemática de la vida. Según mis investigaciones, nos pasamos restando la vida en minutos, sólo pensando y no actuando, sólo suponiendo y no haciendo. Quiero demostrarlo usando algunos de mis parámetros, sólo proyectados para un día. La gente invierte en criticar unos 60 minutos, por día. En ansiedades, angustias y melancolías unos 25 minutos. En odiar y mantener rencores y remordimientos, unos 15 minutos, al día. En ponerse bravo, molestarse (hasta arre…) unos 100 minutos.

En pensar en miedos y temores, unos 20 minutos al día. En pensar en pasados malos, unos 18 minutos. En pensar lo que podía haber pasado y no pasó, unos 22 minutos, al día. En sentirse desmotivado, sin deseo, retraído y con baja estima, hasta 60 minutos. En esperar a esperar a esperar, unos 30 minutos. En pensar que nada pasará y así obtener un mejor futuro, unos 40 minutos al día. Si sumamos todos estos parámetros, el resultado nos daría un total de 390 minutos, es decir, 6 horas y media diarias, que desperdiciamos en vida. Si a esto agregamos el tiempo que trabajamos (un promedio de 8 horas), es decir, 480 minutos, nos queda un resultado sobre el cual vale la pena reflexionar: Sólo 90 minutos al día para, realmente, disfrutar, gozar lo que tenemos, compartir con nuestros seres más queridos y sentir la única vida que tenemos. Sé que está pensando que soy un exagerado, que no es su caso, que no le corresponde este resultado. Pero ¡Ojo!, a lo mejor no es el suyo, pero sí el de otros… La idea no es alarmarlo, pero sí producir una interesante reflexión…

Sólo vivimos instantes, minutos realmente intensos, pocos días acumulados de felicidad y vida. Si los números no mienten, ¿Por qué no reaccionamos? Me gusta la gente que toma en sus manos el destino de su vida, que no espera que las cosas se arreglan solas, que se levanta bien temprano a definir el rumbo de sus pasos, que sin vacilación, sin temor toma el control por el mango y oprime los botones correctos de su porvenir. Me gusta la gente que encuentra el rumbo enalteciendo la belleza de todo cuanto le rodea, que procura ser sincero consigo mismo, que nunca olvida que el mañana se levanta sobre la base del hoy y que sabe que no existen más límites que sus propios sueños cuando los ve cristalizados frente a sus ojos, que busca la belleza cuando muchos la desperdician.

La gente que sostiene la virtud cuando otros alaban el vicio, que valora la vida cuando otros parecen trabajar a favor de la muerte. Que fomentan el amor en vez del odio. Que son valientes en un mundo débil. Me gusta la gente que aprecia el trabajo por encima del ocio. Que desarrollan la voluntad por encima de los instintos. Que perseveran en la condición de ser humano a pesar de las circunstancias adversas, que tienen fe cuando todos dudan, que se arriesgan a definir, que se atreven a cambiar por lo que creen y mantienen esa convicción hasta verla hecha realidad. Me gusta la gente que contagia optimismo en progresar, en transformar realidades, en producir resultados positivos para un país, que le demuestra a su familia que son héroes, hacedores de un mejor porvenir, gente que decide, que suma, que demuestra, que contagia, que refleja brillo y resplandor. Mira a tu alrededor ¿Qué ves? Mucho es un reflejo de tus propias creencias y expectativas.

Todo lo que experimentas pasa primero por el filtro de tu actitud ante la vida. Es por eso que una persona puede ver belleza y oportunidades en la misma situación en la que otra sólo ve desesperación y falta de posibilidades. Los defectos que ves en los demás son, de alguna manera, también tuyos. Si así no fuera, no podrías reconocerlos o comprenderlos.

La belleza que ves en los demás también está dentro de ti. Porque la belleza no está únicamente en la persona u objeto que se percibe, sino también en quien la percibe. El mundo que te rodea es un espejo y, cuando pones tu mejor cara frente a un espejo, lo que ves te agrada. Ten la firme expectativa de vivir en un mundo de belleza, bienestar, progreso y oportunidades… y allí es exactamente donde estarás.

Si quieres tener el mar, contémplalo, y abre tus manos en sus aguas y todo el mar estará en ellas; porque si cierras tus manos para retenerlo, se quedarán vancias

Contenido relacionado

Artículos de Juan Carlos Carames

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *